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historias tenebrosas

Era un día hermoso sin lugar a dudas. La mañana con su brisa primaveral nos invitaba a mi hermana y a mí a seguir paseando por el sendero de árboles en aquel pueblo al cual fuimos de vacaciones. Ella con su sombrilla rosada exaltada recogía flores junto al sendero de árboles, yo en cambio me había sentado sobre un tronco para dibujar en un bloc de ilustraciones parte del paisaje. Esa era una mañana especial, así lo creí y por ello sentí la imperiosa necesidad de retratarla… como de querer fotografiar ese momento. De pronto fue que vi a aquel delgado y desaseado chico acercarse a nosotros. Me quedé mirándole en silencio, su mirada era la de un animal salvaje y desesperado que necesitaba rápidamente dar con alguna presa. Algo me había preguntado mi hermana, pero al no obtener respuesta volvió su rostro hacia mí y confundida me preguntó qué era lo que me pasaba.

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Llueve mucho hoy…

Las gotas golpean con violencia el tejado de mi casa y todo está en silencio, quizás sea el momento propicio para compartir mi secreto con ustedes… antes de que me vaya de este mundo.

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Siglo XVI, la peste negra ha cobrado ya millones de vidas en toda Europa. Ciudades y aldeas han tomado ya toda clase de precauciones para prevenir el contagio, se han puesto guardias en las entradas, se ha ordenado expulsar a los mendigos, quemar la ropa de los difuntos y evitar el consumo del pescado y la fruta por ser considerados alimentos poco higiénicos.

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Salí a caminar sin rumbo

Por calles sin corazón

Saboreé la carne y la piel

De una ciudad llena de horror

 

Salí a caminar sin rumbo

Bajo un cielo manchado de sangre

Donde la lluvia realmente lastima

Y el sol muere  de hambre

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Un hombre de 42 años de edad se despierta a causa del boche emitido por la estática de la TV, es curioso pues recuerda haberla dejado apagada antes de haberse ido a recostar sobre la cama un par de horas antes. El hombre se encuentra vestido y la suciedad asoma de manera abundante en sus botas y pantalones. Aun medio aturdido coge el control remoto y apaga el televisor, luego se dirige a paso lento y pesado hacia el cuarto de baño. Una vez en el interior abre el grifo de agua y comienza a mojar su rostro con avidez mientras afuera… en su habitación… la TV nuevamente volvió a encenderse sola.

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     Mi miran. Me miran. Me miran.

     Sé que me están mirando. No sé cuántos son, pero siento esos ojos omnipresentes controlándome, estudiándome. Siento esa risa burlona que me juzga a cada instante, que me invita a reírme de mi propia miseria con ellos. Ellos, que esperan que me mueva, que me estire, que bostece, que haga algo, lo que sea. Y no quiero darles el gusto, pero probablemente termine haciéndolo en cualquier momento. Toda mi resistencia pierde cadencia cuando veo la comida. Sé que me miran y me siento expuesto, pero si me ofrecen comida podría hacer lo que fuera a cambio de ella. Y la realidad es que lo hago cada día.

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