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La Última Pesca


Por Fabian Rivera

1 Septiembre, 2019


     Estaba acostumbrado al frío, pero por primera vez en su vida sentía que sus manos estaban tiesas, apenas si podía mover sus dedos. Su pequeña nariz rojiza le dolía, tenía literalmente los mocos congelados y ni siquiera su protuberante barba parecía surtir efecto como abrigadora. Llevaba puestos gorro de lana, guantes y bufanda, todos tejidos por su amada esposa Carolina, la que a pesar de la hora en la que él se había levantado, le había dejado preparado un exquisito desayuno. Antes de partir, la había besado y pedido suerte, siempre lo hacía porque sentía que su mujer era una especie de milagro; también besó la frente a sus dos pequeños hijos que de manera increíble estaban ya en su cama, ocupando el espacio que acababa de desocupar.
Se había quedado allí un momento observándolos mientras dormían, escuchando la respiración profunda de cada uno. Los tres estaban abrazados y a pesar de que tenían los ojos cerrados, se notaban lagañosos, como si hubiesen estado llorando hasta altas horas de la noche.

     - ¿En qué momento crecieron tanto? –Se preguntó a sí mismo- son maravillosos. –afirmó después.

     Salió de la casa y por medio de la oscuridad, caminó de memoria por los recovecos de La Vega de Pupuya siempre con su bolso en la espalda. Resonaban en el interior el golpeteo entre el termo lleno de café, su cuchillo, su linterna, su amada lámpara de queroseno y su libro de cuentos de Franz Kafka. Sería una larga jornada, pero que con toda confianza traería consigo la providencia.

     Esperaba a José desde las 4 de la mañana, había pasado más de media hora y este aún no aparecía. “para tener buena pesca hay que saber levantarse temprano”, le había enseñado su padre. El mar resonaba furioso y violento, y la luna llena lo miraba compasiva. Pronto comenzó a saltar y a mover los brazos en un intento por generar calor, y mientras lo hacía decidió que si José no llegaba en 10 minutos más, tendría que ir de pesca solo.

     Mientras seguía moviéndose y hundiendo cada vez más profundo sus pies en la oscura arena, pensó en el accidente que había sufrido la semana anterior. Había estado realmente a punto de morir, ¿quién en su sano juicio hubiese salido de pesca con semejante tormenta? Por supuesto que él. Su situación económica había pasado de deplorable a paupérrima. No podía ya soportar ver a sus hijos con harapos ni a su esposa con aquellos dolores terribles de espalda, sin tener un céntimo para llevarla a un hospital decente.

     Oscuras nubes arreciaron de pronto en el firmamento, la luna se vio ahogada por estos y por un instante pareció como si le pidiera auxilio. Una pequeña brisa tibia le rozó el rostro y comprendió que una vez más, habría tormenta. Tuvo casi la absoluta certeza de que su amigo José no había asistido a causa del miedo, pero le comprendió. Su amigo no tenía familia y básicamente los gastos en los que incurría eran más bien del tipo personal: un par de cervezas para el fin de semana y un poco de efectivo para ir a apostar al bar en un juego de naipes. Esas eran sus prioridades, aquella era su vida.

     Se armó de valor y fue tras Carolina IX su inconfundible bote amarillo, lo arrastró y se lo llevó mar adentro. No se iría muy lejos, tampoco era bueno tentar al destino, pero si tenía suerte y aparecían por ahí una buena cantidad de róbalos, estaría más que cumplida su misión. Tenía la sensación de que aquel día sería el mejor de su vida, y no lo pensaba por mera superstición sobre el pensamiento positivo, sino porque de alguna manera sentía una paz interior, que no había sentido nunca, como si hubiese ya vivido este día antes.

     Remaba con furia en la madrugada cada vez más oscura, y cada vez que inclinaba sus brazos hacia su espalda miraba por breves instantes la luna, que seguía siendo avasallada por las tinieblas. El frío no mitigaba y pensó en lo extraño que era esto, puesto que con todo el movimiento que había ejecutado hasta ese momento, lo mínimo era que le diesen ganas de quitarse los guantes, pero en cambio, seguía sintiendo ese inusitado congelamiento cada vez más profundo.

     Pensó en Carolina y en sus dos hijos allí durmiendo y eso pareció darle fuerzas, porque siguió y siguió remando y no se detuvo hasta que llegó al lugar que había escogido. Tuvo que quitarse los guantes para desenvolver la red, cada giro y cada contacto con esta le parecieron un suplicio, era como si se quemara cada vez que la tocaba. Al fin, logró lanzar la red al mar y luego de eso volvió con presura a colocarse los guantes.

     Se quedó allí, echado hacia atrás, descansando y observando el vaho frío que expelía desde sus pulmones. Quiso volver a observar la luna y se dio cuenta de que esta ya no estaba. Encendió su lámpara, sacó del interior de su mochila -con guantes y todo- el termo de café. Temblando se preparó una taza y justo antes de comenzar a beber el milagroso brebaje, vio como una gotita caía del cielo directo en el líquido.

     El café le ayudó a recuperar un poco la calma, realmente lo disfrutó mucho, estaba dulce como a él le encantaba, ya llegarían tiempos mejores en donde podría combinarlo con un poquito de aguardiente. Aún no amanecía y con la luna cubierta la negrura lo inundaba todo. Las gotas de lluvia se empezaron a multiplicar y el viento empezó a incrementar su fuerza. Por alguna razón se quedó tranquilo, estaba confiado que todo saldría bien. Miraba a su alrededor y de pronto vio todo suceder como en cámara lenta: el vaivén del bote sorteando las olas, la lluvia cayendo tímidamente en el mar, su red amarrada al bote que comenzaba a temblar y a su costado le pareció ver el rostro de una persona. Se quedó un momento estupefacto, pero pensó que no era nada más allá que una ilusión óptica, una especie de espejismo.

     Con un impetuoso trueno la tormenta se desató, y aunque al principio fue una lluvia tranquila, con poco viento y suave, pronto se convirtió en una tempestad. El bote se movía arriba y abajo sorteando la marea que poco a poco comenzaba a subir y la lluvia se volvía torrentosa y lo empapaba. Aun no amanecía. Sin la luna visible se sentía como en medio de la nada, sintió algo parecido al miedo y quiso volver, pero otra vez pensó en su familia y eso lo hizo sobreponerse.

     Comenzó entonces a recoger la red rápidamente y entre ella fueron saliendo atrapados uno a uno los róbalos, que quedaban retorciéndose en el interior del bote tratando de liberarse. Raúl profirió una espléndida y gran sonrisa mientras continuaba jalando con devoción. De repente la red pareció haberse quedado atascada en algo, porque por más que la tiraba no había forma de moverla. Fue en busca de su linterna y apuntó hacia el mar, ya no era agua la que ondeaba bajo su bote, todo su entorno estaba cubierto por una negra y gigantesca piel flotante. Miró el costado de su bote y vio que pequeños tentáculos estaban adheridos a la cubierta. Recordó la leyenda del cuero y un escalofrío recorrió todo su cuerpo y sintió verdadero pánico. De pronto, un olor pestilente como a animal muerto se hizo presente. Los goterones de lluvia golpeaban en esta negra piel produciendo un sonido similar al que produce un paraguas bajo la lluvia.

     La gran mancha negra se movía al ritmo del oleaje. Raúl tomó uno de sus remos y comenzó a golpearla, cada golpe producía además de un chapoteo, un sonido sordo en el choque de los remos contra aquella piel dura. En ese momento puso más atención y con la linterna recorrió toda la asquerosa piel, y con mayor detalle pudo ver que pequeños pelos la cubrían por completo. Sintió unos gritos, apuntó más al fondo y vio como un hombre luchaba contra lo que fuera que fuese aquella oscura piel flotante. Se devolvió otra vez a su bolso y sacó su cuchillo. Dio varias puñaladas al cuero y lo atravesó una y otra vez. Definitivamente ya no sentía sus manos, pero aquello lo hacía con ahínco. La asquerosa piel comenzó a retorcerse agresivamente. Varios róbalos se soltaron y cayeron encima del cuero y fueron engullidos por este. Raúl como podía trataba de mantenerse erguido, pero estuvo a punto de caer y en un acto de completa inercia, tomó por instinto la pequeña lámpara de queroseno y la estrelló contra el cuero. Una pequeña explosión se produjo, efecto del derrame del combustible cuando la lámpara colisionó con la negra y peluda piel, y solo eso bastó para que el cuero se retorciera y poco a poco soltara sus presas: el bote y el hombre que hace algún rato había dejado de gritar.

     Ahora firmemente agarrado en la madera del bote, sentía que el movimiento era cada vez más frenético. El cuero parecía encogerse, retorcerse y estirarse. Se notaba que de algún modo estaba sufriendo o había caído en algún estado de pánico. A lo lejos, las luces del crepúsculo comenzaron a ser visibles y unos pocos metros más allá del bote, pudo ver como flotaba el hombre que antes gritara y luchara por su vida. Remó hacia él y a los pocos segundos ya se encontraba junto al cuerpo sin vida de aquel desconocido. Las prendas de ropa se notaban desgarradas y en los lugares donde había piel tenía la carne viva, y sangrante. Una vez que estuvo cerca lo agarró con todas sus fuerzas de lo que quedaba de chaleco, y como si le estuviese dando un abrazo, lo subió al bote con mucho cuidado de no darse vuelta. Estaba tieso, tal como habían estado sus manos cuando todavía las sentía, pensó que recogerlo era lo correcto, quizás era un pescador al igual que él y merecía santa sepultura.

     La lluvia llevaba ya un rato detenida y hasta ese momento recién se había percatado. La luna llena comenzaba a despejarse y se le veía entremedio aun de nubarrones, pero cada vez más débiles. Cayó en la cuenta de que había perdido un par de peces en su travesía, pero en definitiva llevaba por lo menos una decena de hermosos róbalos y eso era más que bueno dada todas las circunstancias. Carolina y los niños estarían felices una vez llegara a casa.

     Cuando se acercó al fin a la orilla del mar, se bajó y arrastró su bote y lo amarró en el muelle. Recogió todos los peces y llenó una gran cubeta metálica que tenía bajó los baos de la cubierta. Al lado de esta yacía el hombre muerto con la cabeza gacha, la ropa desgarrada y sus heridas expuestas. Por alguna extraña razón no tenía miedo y ya no sentía ni frío ni cansancio, aunque la noche le había parecido eterna. Se agachó junto al muerto y le tomó la barbilla, justo en ese instante la luna le iluminó de lleno el rostro al cadáver y fue como si Raúl se hubiese estado viendo en un espejo: su mismo rostro, su misma barba, sus mismos ojos -aunque ahora muertos- y su misma boca con una mueca horrible y con la lengua afuera. Lo soltó y se irguió asustado, quiso observarse sus propias manos, pero ya no las veía, quiso observar su propio cuerpo, pero tampoco estaba allí. En ese momento inclinó su vista hacia la luna y vio que esta ahora se había convertido en un punto brillante, una luz cegadora que le atraía, le incitaba a llegar a ella. La observó detenidamente y aquella luz le condujo lenta y naturalmente hacia su otra vida.

     Carolina, Matías e Ignacio habían pasado toda la noche llorando. Siempre lloraban cuando había tormentas de esas magnitudes, porque recordaban a Raúl, su amado padre, su amado esposo. Esa mañana se levantaron temprano y se dirigieron al muelle, sabían lo que encontrarían, esta era la undécima vez que ocurriría. Llegaron allí donde habían encontrado a su padre muerto muchos años atrás. Todo estaba como esperaban: el bote amarrado al muelle y en el interior una cubeta llena de peces frescos.

     -Niños, denle las gracias al papá –dijo Carolina con la voz quebrada, los ojos entumecidos, la nariz roja y una lágrima recorriendo su mejilla izquierda.

     Ambos niños mientras se subían al bote gritaron al unísono:

     - ¡gracias papá!
     

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