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Aquí nada ha pasado


Por Fabian Rivera

28 Junio, 2020


     Camila estaba frente al espejo. Los ojos tristes, la piel seca y demacrada, solo húmeda en los lugares del rostro por donde se habían arrastrado sus recientes lágrimas. Su cabello negro ahora enmarañado, había perdido la forma tan bonita en que se lo había dejado hacía solo dos días, su peluquero favorito. Su corazón latía violentamente, temblaba de pies a cabeza y tenía una sensación de adormecimiento terrible en las manos.

Se miraba a los ojos justamente cuando notó que uno de ellos, el derecho, ya estaba sanguinolento y de inmediato un palpitar pequeño pero doloroso, comenzó a volverse presente en todo el contorno de este. Con las manos todavía adormecidas, se tomó el labio inferior de la boca que comenzaba también a hinchársele y al darlo vuelta quedó a la vista la parte inferior de sus dientes, que permanecían allí teñidos de sangre.

Se dio cuenta entonces también, por el reflejo del espejo, de que se le habían quebrado dos uñas. No le dio mayor importancia y siguió estirando un poco más el revés del labio inferior encontrando en el interior, un profundo corte y un pelotón de sangre coagulada.

Apoyó ambas manos en el lavamanos y con la vista pegada en el orificio del desagüe sintió una especie de euforia. Quiso gritar, llorar a viva voz, empezar a destruirlo todo y victimizarse otra vez de todo aquello que le había ocurrido, pero por primera vez en toda su vida resolvió que de nada serviría, de que en realidad: a nadie le importaría, y que era probable incluso que, al paso de los días, ni siquiera lo ocurrido le importara a ella.
Se dijo a sí misma en pensamientos, que para qué hacer un escándalo, si al final él terminaría diciéndole lo mismo del último tiempo:

¡¡Si no te gusta, las puertas están abiertas para que te largues gorda asquerosa!!

Luciano estaba yendo de mal en peor. Ya no eran solo sus periodos de mal genio, ni sus constantes infidelidades, ahora además de la violencia desmedida, se habían sumado la denigración psicológica y unos celos realmente enfermizos.

Salió de su letargo y sin pensarlo siquiera dio la llave del agua fría. Comenzó a enjuagarse la boca y cada vez que la llenaba de agua, un punzón doloroso le invadía en la herida que tenía bajo el labio, y al escupirla, veía hipnotizada cuando esta salía teñida de rojo. No supo cuánto tiempo pasó allí haciendo lo mismo, pero de pronto pareció volver a la realidad, a la alarmante realidad. Instantáneamente se mojó el rostro con el agua fría y corrió a oscuras, desesperada, por los pasillos de la casa hasta alcanzar el refrigerador. Sacó del interior un pedazo de carne congelada y se lo colocó en el ojo sanguinolento, tratando de evitar el moretón, aunque en su fuero interno temía que ya fuese demasiado tarde.

Supo entonces que una vez más tendría que inventar una historia del porqué de esa herida, pero se rehusaba pensar en ello en ese momento, además, se dijo, siempre terminaba ocurriéndosele algo: un golpe con la esquina del mueble de cocina, otro con la puerta del automóvil, otro en una montaña rusa, un asalto con violencia, un producto que se le vino encima en el supermercado, etc., etc., etc., etc. Sabía que ninguna de sus compañeras de trabajo le creían, porque siempre la miraban con ese rostro desconfiado y compasivo que delataba su preocupación.

En realidad, Camila sabía que lo sabían, había logrado mantenerlo oculto algún tiempo, pero una vez habiendo sobrepasado la barrera de la razón sabía que todos se daban cuenta. ¿Por qué sino todo el mundo la había empezado a mirar con esa cara de lástima?

Tal vez, lo mejor esta vez seria pedir licencia médica por unos días y hacer un tratamiento milagroso, sin importar lo que costara, con tal de que le quitara los vestigios de las heridas que le había propinado su eterno amor.

Volvió al baño y se aplicó ciertos ungüentos que tenía en el botiquín, sorprendiéndose de que algunos ya estaban ocupados por la mitad. Se cortó las uñas y se las limó en tiempo record con la intención de dejarlas parejas llevándose una y otra vez el pedazo de carne congelada al ojo.

¿Hace cuánto tiempo había empezado todo esto? No lo tenía claro, pero recordó dolorosamente la primera vez que Luciano la había agredido.

Había sido un evento horrible como todos, pero que al menos había terminado con Luciano deshaciéndose de lágrimas, llorando de rodillas y rogándole perdón, jurándole que jamás lo volvería a hacer. Ahora en cambio roncaba, ahora en cambio le decía que se fuera y la insultaba, ahora en cambio no parecía haber en él ni la más mínima compasión.

Las imágenes de tantas de las miserias que había vivido con el amor de su vida le llegaban como alfileres gélidos clavándose en su cabeza y otra vez volvió a llorar. Sintió tristeza y vergüenza de sí misma porque se dio cuenta de que hoy había perdido la cuenta de las veces que aquello había vuelto a suceder. ¿Acaso no lo había dado todo por él? Se acordó de sus hijos, los había dejado viviendo en casa de sus padres precisamente para que no vieran este tipo de discusiones con un hombre que más encima no era su papá. Hacía frío, se preguntó si acaso Daniel, su hijo de 10 años, estaría bien arropado en la cama. Se autoconvenció de que así tenía que ser y continuó llorando un poco más.

El trozo de carne congelada había comenzado a quemarle la piel y de pronto se sintió cansada. Se aplicó un último ungüento, devolvió la carne al congelador y salió hacia el living con la frente toda mojada y parte del cabello adherido a ella.

La casa estaba a oscuras, excepto por la iluminación pública que se colaba a través del ventanal del living. Caminó hacia la mesa del comedor y se sentó allí en la oscuridad con la mente en blanco. Aún estaba vestida con el traje de dos piezas que usaba en la oficina. Había salido del trabajo a las 6 de la tarde y eran ahora ya las 3 de la mañana. ¿Cómo era posible que un día como cualquier otro hubiese terminado tan mal? Quiso encender un cigarrillo, pero sabía que él odiaba que fumaran al interior de la casa. Así que lo pensó, lo pensó y lo pensó y al final, no lo hizo. No quiso arriesgarse a que las cosas quedaran peores de lo que ya estaban. Se había dado por vencida, se acercó a su cartera que estaba sobre la mesa del living y del interior sacó un relajante y se lo tomó.

Entró al dormitorio con mucho sigilo intentando no dar motivos para despertarlo, pero a esas horas él ya roncaba y desde el borde de la cama Camila solo podía verle el hombro desnudo. Entonces se metió en la cama con la mirada temerosa y movimientos tan contenidos que incluso le hacían mantener la respiración. Luciano se movió un poco y ella al instante dio un pequeño, aunque internamente fuerte respingo que se condensó en un chichón que tenía en la cabeza. Un par de segundos después, por suerte, él siguió roncando.

En la oscuridad de esa habitación comenzaba a sentir los efectos del relajante que se había tomado, mientras su cabeza ahora repetía una y otra vez esa infame nueva pelea.

¡Estas cada día más gorda, me das asco!

¡Ah sí, ah sí, muérete, no me importas, maldito el día que te conocí!

¡Entonces ándate, por favor ándate y déjame en paz!

Escuchaba los gritos en su cabeza tan fuertes y tan reales que a veces le parecía que aquello hubiese estado sucediendo en ese mismo momento.

Los ojos se le volvieron a entumecer y nuevas lágrimas que le escocieron se deslizaron desde ellos por la piel hasta llegar a la almohada.

En realidad —se dijo— Luciano tiene razón, estoy gorda, no puedo engañarme. ¿Cómo mierda pude llegar a estar tan obesa? El ojo adolorido se le adormeció un poco al mismo tiempo que profería un involuntario bostezo. Al fin se dormiría —se dijo después— al fin, —rogaba—, dejaría de pensar un rato.

Momentos antes de que el sueño le venciera, lo último que sintió fueron las diversas palpitaciones en las heridas que le habían quedado luego de ese enfrentamiento con Luciano. Las más dolorosas eran dos en la cabeza y la que tenía bajo el labio, e imaginó que las palpitaciones de esas heridas tocaban un ritmo que le recordaba a We Will Rock You de Queen. Luego de ese ridículo pensamiento se sumió abruptamente al sueño con la rapidez que solo un psicotrópico puede proporcionar.

Pero las pastillas para dormir la habían enviado a un sueño intranquilo en el que en primera instancia seguía escuchando los gritos de Luciano contra ella, un sueño en el que seguía pensando en sus hijos y en las decisiones que había tomado por ellos, un sueño en el que seguía fantaseando con las distintas alternativas que había tenido aquella discusión en caso de que ella hubiese dicho o hecho tal o cual cosa.

Una vez profundizado el sueño quedó sumida al fin en una oscuridad indolora, pero que solo duró un par de horas, porque más tarde una corriente de aire le enfrió el brazo despertándola. Al momento de hacerlo, la realidad volvió a plasmarse cruda y triste e instantáneamente volvieron la tristeza, el dolor y los resentimientos acumulados del día anterior.

Abrió los ojos y miró a su lado, Luciano no estaba en la cama. Aguzó el oído y escuchó ruido al interior de la casa y se dijo a sí misma que probablemente él también habría faltado al trabajo. Un sonido de platos resonó y luego un par de pasos por el pasillo. Ella seguía observando el umbral de la puerta con suma expectación. Entonces en un par de segundos apareció él, llevaba una bandeja en las manos con 2 tazas de café humeantes además de unas tostadas, mantequilla, mermelada y frutos secos. Llevaba una sonrisa en el rostro y la quedó mirando

—Ah que bueno que despertaste, mira, justo traía el desayuno. —dijo Luciano con una sonrisa en los labios.

Camila le observó boquiabierta. En el rostro de Luciano parecía no haber ningún resentimiento por la horrible pelea que habían vivido el día anterior.

Dame permiso —le pidió sentándose a su lado en la cama. Ella corrió las piernas bajo la ropa de cama y él tomó asiento.

—Hola, buenos días —saludó y le plantó un repentino beso en los labios. Ella quedó tan estupefacta que eso pareció omitir el dolor del labio porque lo recibió sin siquiera articular un músculo del rostro. — vamos, vamos no dejes que el café se enfríe— agregó Luciano muy animoso.

Camila quiso hablar sobre lo que había pasado la noche anterior, sobre las agresiones y sobre los insultos, quería tomar la taza de café hirviendo y lanzársela en el rostro, quería insultarlo, pero no hizo ninguna de esas cosas. Él ya había utilizado la técnica de aquí nada ha pasado y la última vez, cuando ella le recriminó en ese estado, solo consiguió que volviera a arder Troya. Y ahora tenía miedo, sabía que si tan solo nombraba aquellos incidentes arruinaría el desayuno y sería un nuevo fin de semana sumido en una discusión infinita que solo le traería dolor.

Luciano la observaba atentamente, escrudiñando su rostro en busca de un motivo, un solo motivo para mandar todo a la mierda. Ella finalmente no se atrevió a decir nada, solo sonrió levemente notando cada vez que movía las mejillas el dolor en su ojo derecho.

Al ver aquella sonrisa Luciano se relajó. Comenzó a beber café y a preparar una tostada con mermelada.

—¿quieres? —Le preguntó ofreciéndole una tostada.

Camila no quería, pero asintió. No tenía nada de hambre, pero no quería tampoco rehusar su cortesía. Comenzó a masticar su tostada y a beber su café en silencio, los movimientos de su mandíbula arrastraban gran parte de la piel del rostro y sentía dolor cada vez que masticaba, ahora en el ojo y en el labio.

Luciano buscó a tientas el control remoto del televisor encontrándolo al final bajo su almohada. Encendió el televisor y siguió comiendo su desayuno ahora bajo el ruido del noticiario.

—¿la bencina vuelve a subir?? Ahhh estos hueones suben y suben el precio, ¡hasta cuando! —farfulló hablando con la boca llena de comida y con la vista pegada a la pantalla.

Finalmente pasaron un fin de semana lleno de atenciones. Luciano no permitió ni siquiera que Camila lavara una cuchara, se las había arreglado para preparar desayuno, almuerzo y cena. Le había dado varios masajes de pies y había hecho constantes bromas siempre acerca de los personajes que iban apareciendo en la televisión. Poco a poco Camila comenzó a ceder. La horrible pelea, así como el rencor, poco a poco se iban difuminando en su mente y cada vez era más frecuente que cayera en carcajadas y en conversaciones con él. Las únicas veces que esto disminuía era en los momentos en que debía entrar al baño, porque el espejo retrataba a una mujer que había sido golpeada, porque su ojo derecho, a pesar de no estar hinchado, estaba sanguinolento y tenía un color morado amarillento en todo su contorno. Gracias a los analgésicos y desinflamatorios que había comenzado a tomar cada 6 horas, los chichones en la cabeza y el mismo ojo, se habían desinflamado, pero la sangre y la magulladura seguían estando ahí como cruel cicatriz de ese maldito viernes.

La noche del domingo, luego de un nuevo día donde los ánimos habían mejorado al punto de entablar conversaciones más largas e interesantes, reír a destajo con algunas comedias, y darse algunos besos de mutuo acuerdo, Luciano la buscó bajo las sábanas. En ese momento y como una revelación Camila sintió que no era el momento, que probablemente si dejaba que le hiciera el amor, tal vez pronto todo volvería a ser como antes, porque sabía que aquel acto sexual era la culminación de su rendición y de su traición consigo misma.

Luciano comenzó a tocarle las piernas, la cintura y los pechos, mientras le besaba el cuello desde la espalda. Camila quería gritar, decirle que ella no tenía ganas aún, que por favor la esperara, decirle que no estaba preparada o que simplemente no estaba de ánimos para eso. Pero se quedó callada, una vez más se quedó callada. Y mientras él la volvía hacia él y comenzaba a devorarla bajo la oscuridad de la noche, ella se hacía preguntas, pensando una vez más en todo lo que le había dicho y en todo lo que le había hecho. Y todo pasó tan rápido que una vez terminado el acto sexual ella volvió a fingir un orgasmo, pero ahora de una manera mecánica, sin pensarlo, casi como por inercia.

Al contrario de lo que ella había temido, él no cambió su actitud. En algún momento Camila pensó que aquello podía deberse a la lastimosa imagen que ella presentaba con un ojo morado. El día lunes había asistido a su médico y había simulado una gastroenteritis viral, se había maquillado pulcramente y se había echado gotas blanqueadoras en los ojos. Su médico no le tomó mucha atención, probablemente por el exceso de trabajo y luego de escuchar los síntomas le extendió una licencia médica por 5 días.

Luciano había seguido trabajando esa semana, el día lunes había llegado con flores, el martes con bombones. Los ungüentos y los medicamentos habían hecho un muy buen trabajo, el miércoles ya tenía el labio deshinchado y la esclerótica del ojo ya casi estaba blanca y el contorno también casi había perdido el morado quedando de un color amarillento. Sin duda el jueves ya faltaba poco para que con un buen maquillaje pudiese ocultarlo todo.

Entonces llegó el día viernes y sucedió algo extraño: Luciano llegó del trabajo, apenas saludando a Camila y después se encerró en el baño.

Camila se sintió incómoda, y se acercó a la puerta.

—Luciano, ¿Luciano? ¿estás bien?

No hubo respuesta desde el interior. Por debajo de la puerta del baño se podía ver que la luz del baño estaba apagada.

—¿Luciano? ¿amor? ¿estás bien? ¿por qué tienes la luz apagada? —preguntó esta vez con un sincero dejo de preocupación.

Luciano tampoco contestó esta vez. Camila intentó girar el pomo, pero la puerta tenía el seguro puesto, entonces se dirigió hacia la cocina y sacó de
allí un cuchillo mantequillero, con el que podría quitar el seguro desde afuera y abrirla.

—¿amor?, me tienes preocupada, voy a entrar. —avisó.

Esperó un par de segundos con la oreja pegada a la puerta, pero no logró escuchar nada. Se decidió y con el cuchillo mantequillero giró la parte central del pomo y luego abrió la puerta.

La luz del interior estaba apagada, en el fondo, a un costado de la tina, Luciano estaba sentado en el piso con la cabeza entre las rodillas, llorando y cubriéndose la cara con los brazos.

Camila se acercó a él sin encender la luz.

—¿qué te pasa, por qué lloras?

En el mismo momento en que Camila planteó su pregunta, Luciano dio un alarido y rompió a llorar con mayor estrépito.

Ya cálmate, tranquilo, —le decía ella arrodillada junto a él, acariciándole el cabello y los brazos e intentando llevarlo a su pecho.

—dime porqué lloras por favor —rogó Camila.

—es que siempre es lo mismo —dijo finalmente en medio del llanto— siempre terminamos peleando y haciéndonos daño.

Camila se preguntó en ese momento a qué daño se refería, porque si mal no recordaba había sido ella la que había sido agredida física y psicológicamente, y más encima, por una calumnia de algo que ella nunca había hecho.

—ya, pero eso ya pasó —dijo y se sorprendió a sí misma por esas palabras.

—Sí, ya pasó —respondió él—, pero sabes que de nuevo vas a volver a sacarme de mis casillas y haré cosas que no me gusta hacer. —siguió llorando
— tienes que entender que ¡yo a veces soy celoso porque te amo! ¡si no te amara no sentiría esto!

Camila no sabía que decir, estaba perpleja. No era la primera vez que Luciano caía en sus inesperados llantos, pero sí era la primera vez que ella cuestionaba tanto sus palabras.

De pronto iba a decir algo, no sabía qué, pero antes de hacerlo él se aferró a su pecho y le lloró encima.

—dime que me amas y que no me dejarás solo.

Camila estaba en silencio, pero mecánicamente seguía acariciándole la cabeza, la espalda y el cuello de Luciano

—¡dímelo!

—te amo —dijo ella de inmediato.

—¡dime que nunca me vas a dejar solo!

—nunca te dejaré solo.

—¿me lo juras?

—sí, te lo juro —respondió ella.

—¡¡JURALO!!

—¡lo juro, LO JURO!

Luego de llorar un par de minutos más, se despegó del pecho de Camila y se puso de pie. Salió de allí al dormitorio dando pasos lentos y descoordinados como los de un borracho y se dejó caer en la cama.

—¿quieres que te de algo? —preguntó Camila.

—solo quiero paz, solo quiero dormir, déjame dormir.

Ella permaneció a su lado acariciándolo, pero ahora no mecánicamente sino con la fuerza de la lástima. Ninguno de los dos dijo nada más esa noche. Luciano se durmió, ella lo cubrió con una manta y luego de que éste profundizara el sueño salió al patio a fumar un cigarrillo.

Estuvo cavilando por largas horas su situación, observando el humo que expulsaba después de cada bocanada. Imaginó que en el futuro todo estaría bien, que Luciano cambiaría, se imaginó casándose y llevándose de nuevo a sus hijos a vivir con ellos, luego teniendo incluso más hijos que fueran de él, viviendo en una casa hermosa llena de niños y un perro, sí, un perro recogido que tuviera algún nombre gracioso. Y las vacaciones que tendrían sin duda serían geniales. Se dijo a sí misma que estas cosas pasaban, que eran probablemente situaciones más comunes de lo que realmente creían las personas. Que un día serían totalmente felices y que esa felicidad sería para siempre. Sí, definitivamente así sería.

Al día siguiente no solo Luciano volvió al modo "aquí nada ha pasado" sino que también ella. Poco a poco la pelea fue quedando atrás, escondida en algún recuerdo perecedero y volvieron a su habitual normalidad.

Pasó el periodo de la licencia médica y Camila volvió a trabajar. Las uñas le habían crecido y el único rasgo que quedaba de las heridas de hacía una semana era el color amarillento en todo el contorno del ojo. Algunas amigas lo notaron debido al excesivo maquillaje de Camila, pero nada le dijeron, no querían hacerla sentir mal ni obligarla a inventar una ridícula mentira.

Todo se volvió normal. Las atenciones exclusivas de Luciano fueron disminuyendo hasta desaparecer y la rutina del trabajo y la casa comenzaron a instaurarse con fuerza.

Un par de semanas después, habían quedado de acuerdo en almorzar juntos. El restaurante era un céntrico boliche de comida peruana. Camila llegó puntualmente al lugar y antes de acercarse a la mesa donde la esperaba Luciano, decidió pasar al baño. Antes de salir se miró en el espejo y casi dio un grito de alegría al percatarse de que el moretón, aquel color amarillento que había permanecido tanto tiempo ya en el contorno de su ojo, se había ido por completo. Se pintó los labios y sonrió, se arregló el cabello y salió hacia el comedor. Caminó un par de pasos y lo vio, en el fondo, estaba de camisa blanca y hablaba por celular. Al solo verlo su estómago se llenó de mariposas. Camila suspiró profundamente, realmente lo amaba.
     

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