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Como si no hubiera pasado el tiempo.


Por Fabian Rivera

17 Septiembre, 2019


     Probablemente don Roberto nunca pensó que a estas alturas de su vida lloraría. Cada lágrima que resbalaba por sus macilentas mejillas era para él como una traición consigo mismo, al parecer, nunca nada había cambiado, el dolor que de joven había sufrido en el alma hoy volvía a tocar su puerta y él estaba de nuevo contemplando sus frustraciones, preguntándose si acaso había desperdiciado toda su vida. Ya era tarde, o al menos parecía tarde para preguntarse esas mismas cosas que se había preguntado tantas veces a lo largo de su vida.
     Con el antebrazo se quitó las lágrimas del rostro, se levantó del roído sofá y se irguió lo más rápido que su deteriorada espalda le permitió. Por el estrecho pasillo lleno de parquets rotos caminó hacia el baño. Cuando entró, contempló su imagen en el espejo de cuerpo completo y se quedó mirando a los ojos. Sonrió luego en una mueca amarga, con sus ojos vidriosos y la papada temblorosa. Dio el agua del lavamanos y se lavó el rostro con agua fría. Con los dedos de su mano derecha se arregló el poco pelo que aún le quedaba en la cabeza y salió de allí hacia su dormitorio. La cama estaba deshecha y fría bajo el aroma percudido de la soledad. Abrió el cajón de su velador y sacó del interior un viejo revólver. Recordó de pronto y como un flash mental, algunos de los años nuevos que había vivido junto a su mujer, esas festividades donde él solía disparar al aire cuando se cumplían las 00.00 horas.
     Abandonó sus recuerdos y se dirigió ahora al comedor, encima de la mesa una serie de hojas escritas a mano estaban desparramadas, las había leído toda la noche, una y otra vez, eran cartas de amor, cartas de traición, historias, vestigios y momentos del pasado que aún sobrevivían escondidos en el entretecho de su casa. Deseó nunca haber tenido la mala idea de revisar que cosas tenía allí. Probablemente, su mujer había muerto antes de lo pronosticado por ella misma, quizás nunca esperó morir de un infarto fulminante o quizás, nunca tuvo el valor de destruir aquellos escritos y los había dejado allí, escondidos, como una bomba de tiempo lista para atormentarlo.
     Agarró el lote de hojas sueltas y las arrugó con los dientes apretados. Salió hacia el patio con una bola de papel en la mano, la dejó encima de un pequeño quincho y con un fósforo la encendió. Mientras se quemaba y las hojas iban ennegreciéndose, lograba divisar las últimas palabras que vería de aquellas malditas cartas: “te amo”, “vivir sin ti”, “amor”, “te necesito”, “nunca olvidaré”, “es doloroso”. Pronto la bola se encendió completamente y comenzaron a volar pequeños fragmentos quemados debido al viento.
     Abandonó aquella diligencia y salió a la calle, el día completamente soleado y maravilloso parecía burlarse de su desgracia. Caminaba lo más rápido que podía sintiendo el peso de la vejez en cada paso, escuchando en sus oídos el sonido que se producía al arrastrar las suelas de los pies por el cemento. Su sombra lastimosa, remedo del hombre que alguna vez había sido se recortaba larga en la calle. Gotas de sudor resbalaban de su frente y de sus sienes, un perro se acercó a olfatearlo, pero él ni siquiera lo miró, en su mente solo divisaba el lugar al que iba, una dirección que conocía demasiado bien.
     El perro le había seguido todo el camino, pero aún no lo notaba, entonces el domicilio se le presentó con la familiaridad que se siente al ver aquello que se conoce bien, esos lugares que a pesar del tiempo mantienen cada recoveco, cada secreto intacto. Su futuro ahora ex amigo y víctima estaba tan viejo como él y regaba el pasto con un gorro tipo safari puesto en la cabeza. Don Roberto desenfundó su revólver y le apuntó, y cuando su ahora ex amigo lo reconoció, como si no hubiera pasado nunca el tiempo, como si aquellos momentos nunca hubieran podido morir, le dijo lleno de vergüenza y con la mirada gacha:
     —perdóname hueón.
     Don Roberto le disparó una y otra vez y luego quedó tumbado a un costado del occiso con la mirada perdida, el perro asustado por los estruendos emprendió la huida, y de todos lados los vecinos salían a ver qué había ocurrido.

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